
Durante años, Javier Milei sostuvo una posición particular sobre Malvinas. No negó el reclamo argentino de soberanía, pero eligió un camino político que lo colocó en una situación difícil de explicar: reivindicó públicamente su admiración por Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la guerra de 1982, defendió el derecho de los habitantes de las islas a la autodeterminación y planteó una recuperación a largo plazo, mediante la diplomacia. En una entrevista con la BBC llegó a decir que admiraba a Thatcher y que la guerra había sido una derrota argentina.
Hasta ahí, podía discutirse su estrategia.
Lo difícil de explicar vino después.
En julio, la Selección argentina derrotó a Inglaterra por 2-1 en el Mundial y, durante los festejos, varios jugadores desplegaron una bandera con una frase que no necesitaba traducción:
“Las Malvinas son argentinas”.
La imagen recorrió el mundo.
Y el Gobierno reaccionó.
Milei calificó el gesto de los futbolistas como “imprudente”, sostuvo que los jugadores no forman parte de la diplomacia y cuestionó la utilización de consignas nacionalistas en un partido de fútbol. También habló de expresiones “impertinentes” y de personas “intrascendentes”.
El problema fue que la bandera no produjo precisamente el efecto que algunos esperaban.
No dividió a la sociedad.
No convirtió la causa Malvinas en una extravagancia.
Ocurrió casi lo contrario.
La imagen de los jugadores sosteniendo una bandera improvisada después de vencer a Inglaterra se convirtió en una de las postales más fuertes de aquel Mundial. Incluso quedó documentado que la bandera había llegado desde la tribuna y que los futbolistas simplemente la tomaron durante los festejos.
Y entonces apareció una contradicción difícil de esconder.
El Gobierno argentino había pedido cautela con Malvinas. Los jugadores hicieron exactamente lo contrario y una enorme parte de la sociedad lo entendió como un gesto de pertenencia.
Milei había quedado parado en un lugar incómodo.
Pero la historia todavía tenía otro capítulo.
Y apareció Trump
Donald Trump volvió a poner las Malvinas sobre la mesa, pero no precisamente por solidaridad con la Argentina.
El presidente estadounidense cuestionó duramente al Reino Unido por su falta de apoyo militar durante la guerra contra Irán. En una entrevista con GB News, habló de su decepción porque Londres no había enviado barcos para acompañar las operaciones estadounidenses en el estrecho de Ormuz.
Cuando le preguntaron por las Malvinas y por la posibilidad de que Estados Unidos respaldara al Reino Unido ante un eventual reclamo argentino, Trump no reafirmó de manera explícita el tradicional respaldo estadounidense a Londres y dejó abierta la posibilidad de revisar esa posición.
Eso fue suficiente para que Milei cambiara el tono.
Y mucho.
El jueves 3 de septiembre, en cadena nacional, las Malvinas volvieron a convertirse para el Presidente en “la causa nacional”.
Ya no eran una cuestión que había que mantener cuidadosamente separada del fútbol.
Ya no había que evitar los “slogans”.
Ya no era un tema que debía esperar décadas.
Ahora había sanciones, una base naval, un Consejo de Seguridad Nacional, petróleo y una convocatoria a todos los argentinos a cerrar filas.
Y hubo una frase particularmente significativa:
“Malvinas no pertenece a un gobierno ni a un partido político. Es una causa nacional.”
Difícil discutir esa última parte.
El problema es que la causa nacional no apareció ayer.
Estaba ahí cuando los jugadores levantaron aquella bandera.
Estaba ahí cuando los veteranos fueron homenajeados.
Estaba ahí cuando Argentina llevó durante décadas su reclamo a las Naciones Unidas.
Y estaba ahí cuando Milei explicaba que admiraba a la dirigente británica que gobernaba su país durante la guerra.
Una mentira que sí hay que señalar
En su discurso, Milei afirmó que los avances diplomáticos de su Gobierno habían conseguido que “la ONU obligara a Inglaterra a sentarse a negociar”.
Eso es falso.
La ONU no obligó al Reino Unido a sentarse a negociar.
El 25 de junio de 2026, el Comité Especial de Descolonización aprobó por consenso una nueva resolución que volvió a llamar a la Argentina y al Reino Unido a reanudar las negociaciones bilaterales para encontrar una solución pacífica y definitiva a la disputa de soberanía. Es un respaldo diplomático importante para la posición argentina.
Pero no es una orden coercitiva.
No establece sanciones.
No fija una fecha.
No obliga al Gobierno británico a sentarse.
Y, fundamentalmente, el Reino Unido no aceptó iniciar una negociación sobre soberanía.
Decir que la ONU “obligó” a Londres a negociar convierte un llamado diplomático en algo que no fue.
Y no hace falta hacerlo.
La posición argentina tiene argumentos históricos y diplomáticos suficientes sin necesidad de inventar victorias.
Lo que cambió anoche
El discurso de Milei también tuvo algo que hasta hace poco parecía difícil de imaginar: una reivindicación mucho más dura de la soberanía argentina.
Anunció sanciones contra empresas vinculadas con la explotación petrolera, medidas para endurecer las herramientas legales y un proyecto para crear un Consejo de Seguridad Nacional.
También anunció recursos para una base naval integrada en Tierra del Fuego.
El motivo inmediato es concreto: el proyecto petrolero Sea Lion, desarrollado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration, pretende avanzar con la explotación de hidrocarburos al norte de las islas. Argentina considera ilegales esas actividades porque se realizan en un territorio cuya soberanía reclama.
Hasta ahí, hay una política concreta.
Pero el contexto político también importa.
Porque este giro ocurre después de que Trump insinuara que Estados Unidos podría revisar su posición histórica sobre Malvinas.
Y Trump no hizo esa declaración pensando exclusivamente en la Argentina.
La hizo mientras recriminaba al Reino Unido por no acompañar militarmente a Estados Unidos en su conflicto con Irán.
Es decir:
la grieta que apareció entre Washington y Londres abrió una oportunidad diplomática para Buenos Aires.
Milei la aprovechó inmediatamente.
Entonces, ¿qué cambió?
Las Malvinas no cambiaron de lugar.
El Reino Unido no abandonó las islas.
No comenzó una negociación de soberanía.
Estados Unidos tampoco anunció que reconoce el derecho argentino sobre el archipiélago.
De hecho, Londres respondió reafirmando que su compromiso con las islas permanece intacto.
Lo que cambió fue el escenario.
Y Milei cambió con él.
Eso merece ser discutido.
Porque un Presidente tiene derecho a modificar una estrategia diplomática cuando cambian las circunstancias internacionales. Eso no es una contradicción necesariamente.
La contradicción aparece cuando la nueva posición pretende presentarse como si siempre hubiera sido exactamente la misma.
No lo fue.
El propio Milei había explicado ante la BBC que admiraba a Thatcher, había defendido una estrategia de largo plazo y había sostenido que la cuestión debía resolverse mediante una negociación diplomática que podía llevar décadas.
Y cuando los futbolistas hicieron visible la causa Malvinas ante millones de personas, el Presidente los cuestionó por hacerlo.
Ahora, apenas unas semanas después, la misma causa es presentada como una cuestión que debe unir a todos los argentinos.
Hay algo que no debería cambiar
Malvinas no necesita a Milei para existir.
Tampoco necesitó a ningún otro Presidente.
Es una política de Estado consagrada en la Constitución Nacional y una disputa reconocida por Naciones Unidas.
La discusión política puede ser sobre cómo defenderla.
Diplomacia.
Presión económica.
Negociación.
Presencia en el Atlántico Sur.
Defensa.
Recursos naturales.
Pero hay una diferencia enorme entre discutir cómo defender una causa y decidir cuándo conviene defenderla porque el escenario político resulta oportuno.
Y ahí aparece aquella bandera.
Una sábana convertida en trapo.
Un grupo de futbolistas.
Un partido contra Inglaterra.
Una frase escrita a mano.
“Las Malvinas son argentinas”.
No necesitó una cadena nacional.
No necesitó una base naval.
No necesitó un Consejo de Seguridad.
No necesitó a Trump.
Y tampoco necesitó que nadie explicara por qué.
Por eso la pregunta del comienzo sigue intacta.
¿Qué significa defender Malvinas cuando el Presidente argentino admira a Thatcher?
Hay preguntas que no necesitan respuesta inmediata.
Alcanza con hacerlas.
Fuentes: Presidencia de la Nación, Cancillería argentina, Naciones Unidas, Reuters, Associated Press, BBC y documentación sobre las declaraciones de Javier Milei y las reacciones a la bandera exhibida por la Selección argentina.
Nota editorial: las afirmaciones sobre la postura de Milei respecto de Thatcher y la estrategia diplomática anterior están basadas en sus propias declaraciones públicas, incluida su entrevista con la BBC.
Entrevista completa de Javier Milei con la BBC, realizada por Ione Wells en la Casa Rosada el 6 de mayo de 2024.